lunes 3 de septiembre de 2007

La Universidad

Les presento un pequeño ensayo que me tocó hacer en el marco de un documento que estamos redactando para la realización del Claustro Universitario de la Vicaría Pastoral Universitaria. Se trata esencialmente de una impresión de la Universidad en cuanto actor sociocultural, acentuando los cambios importantes que ha tenido el modelo universitario desde las reformas de 1981-1982.

Se los dejo para que lo lean, me tocó leer hartas cosas interesantes para elaborarlo.

Un abrazo!!

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martes 10 de julio de 2007

Consolidación del proyecto refundacional emprendido por el régimen militar

Desde la década del 90 en adelante, con la restauración del esquema democrático en Chile, se habla de que estamos en un proceso de “transición” hacia, supuestamente, un país que haya superado los episodios lamentables de quiebre político y constitucional, de tal modo que dicho avance nos haga salir del “subdesarrollo” como país. Con tal fin, políticos, gobernantes y hasta clérigos interpelan (y se interpelan mutuamente) a la sociedad civil con tal de aunar esfuerzos que nos conduzcan a dicha superación.

Pero, al parecer, este proceso de transición se ha “estancado”. Se nota un cierto malestar frente al manejo de la economía, del sistema político, judicial, electoral. Ciertos “logros” como país, tales como el exitoso desarrollo económico del país, o el poder exitosamente ejercido por una concertación de partidos democráticos, no guardan relación con esta percepción de malestar creciente en la sociedad. Algo huele mal, y desde hace tiempo. Los logros que se nos han prometido aún no llegan. El canto “…la alegría ya viene” suena como un eco cada vez menos audible, cuando esperábamos estar, a estas alturas del juego, cantando otro tipo de sueños.

(Ensayo para el curso "Historia del Siglo XX chileno" dictado por el prof. Alfredo Jocelyn-Holt)

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lunes 9 de julio de 2007

La Iglesia que yo amo

Les dejo un hermoso poema de Esteban Gumucio, ss.cc. Me llegó en un momento en donde, pese a sentirme firme en la fe, tenía ciertas contradicciones con respecto a "la Iglesia". Así que es bueno para reconciliarse con ella (y de paso con nosotros mismos).

La Iglesia que yo amo es
la Santa Iglesia de todos los días.
La encontré, peregrina del tiempo,
caminando a mi lado:
la tuya,
la mía,
la Santa Iglesia de todos los días...


La saludé primero en los ojos de mi padre,
penetrados de verdad;
en las manos de mi madre,
hacedoras de ternura universal.
No hacía ruido, no gritaba.
Era la biblia del velador,
y el Rosario
y el tibio cabeceo
del Ave María.
La Iglesia que yo amo,
la Santa Iglesia de todos los días.

Antes de estudiarla en el catecismo,
me baño en la pila del Bautismo,
en la vieja Parroquia de Santa Ana.
Antes de conocerla ya era mía
la Santa Iglesia de todos los días.
Era la Iglesia de mis padres
y la Iglesia de la cocinera:
la Rosenda lloraba las cebollas
rezando el Padrenuestro;
iba a misa la María,
me llevaba de su mano
a la Iglesia Santa de todos los días.

En la aventura del mundo que crecía,
éramos la Iglesia.
Con Rafa y con Vicente,
con la Amalia, la Juanita y la Lucía,
con Pablo y con Pedro y Teresita,
la Santa Iglesia de todos los días:
Jesucristo, el Evangelio, el pan, la Eucaristía,
el Cuerpo de Cristo, humilde, cada día,
con rostro de pobres
y rostro de hombres y mujeres que cantaban,
que luchaban, que sufrían,
la Santa Iglesia de todos los días.
A los diez años, felices;
a los doce, misioneros;
a los trece y los catorce, vitrales increíbles
de mil rostros y voces de llamada.

Vino el Obispo y el Sacerdote,
la Palabra que horada
y penetra las raíces de la vida;
juntaba los pueblos, despertaba a los dormidos;
llamaba a la oración,
a llorados perdones de contrición.
Remecida de testigos, la Iglesia comunión
arguía, incomodaba,
convidaba
a la vasta corriente de la paz,
a los riesgos misioneros,
a las selvas del Congo,
al seguimiento del Amigo:
la Iglesia del corazón limpio,
la Iglesia del camino estrecho,
la bella Iglesia de la vida,
la Santa Iglesia de todos los días.

Y el Papa de nuestra fe, en mi corazón joven,
apuntando a la justicia,
traduciendo las bienaventuranzas,
abriendo vastos horizontes,
prolongando nuevas andanzas
y rostros ignorados y pueblos heridos
de quemantes abandonos;
el Papa de todas las lenguas,
de urgentes problemas, de infinitas confianzas;
el Papa de la Iglesia de todos los días
y los mandamientos de su sabiduría.

Y lo que no estaba, ni está ni estará
oficialmente inscrito y refrendado:
el Pueblo de la Iglesia sin puertas,
la Iglesia ancha de las cien mil ventanas,
y el aire del espíritu católico
circulando en libres espirales,
y los pobres construyendo catedrales
de paja, desperdicio y leño,
con ojivas de pizarreño,
y lo mejor de su pobreza.

Escuchen, que viene por las calles
la Iglesia de las grandes y pequeñas procesiones,
la vieja heroica de amar,
entre rezos y devociones.
Desde sus andas multicolores
los Santos le preguntan sus perdones,
porque crió los hijos que no eran suyos
y rezó por muertos que la humillaron
y vivió tan pobre sin voto de pobreza
y dió la mitad de lo que no tenía.
Va en la procesión, feliz, detrás del anda;
los Santos la miran desde su baranda
diferente en su teología
esta humilde Iglesia de todos los días.

Amo a la Iglesia de la diversidad,
la difícil Iglesia de la Unidad.
Amo a la Iglesia del laico y del cura,
de San Francisco y Santo Tomás,
la Iglesia de la Noche Oscura
y la asamblea de larga paciencia.
Amo a la Iglesia abierta a la ciencia
y esta Iglesia modesta con olor a tierra
construyendo la ciudad justa
con sudores humanos, con el credo corto
de los Apóstoles.

Amo a la Iglesia de los padres y los doctores
y algunos sabios de hoy en día
que escriben libros para los hombres
y no se quedan en librerías.
Amo a la Iglesia de aquí, de ahora,
la Iglesia pobre de nuestro continente,
teñida de sangre, repleta de gente,
de pueblos cautivos, sin voz y derrotados.
Amo a la Iglesia de la solidaridad
que se da la mano en santa igualdad.
Amo a esta Iglesia que se acerca
a la herida de su Cristo:
la Iglesia de Puebla y Medellín,
de Dom Helder, de Romero y Luther King
que vienen de la mano de Moisés,
de David, Isaías y Exequiel;
y la Iglesia de Santiago que no dice Amén
a los decretos de la metralleta;
la Iglesia que no se sienta a la mesa
rendida a los faraones.
Amo a la Iglesia que va con su pueblo,
sin transigir la verdad,
defiende a los perseguidos
y anhela la libertad.

Amo a la Iglesia Esperanza y Memoria,
a la Iglesia que camina
y a la Iglesia de la Santa Nostalgia
sin la cual no tendríamos futuro.
Amo a la Iglesia del Verbo duro
y del corazón blando.
Amo a la Iglesia del Derecho y del Perdón,
la Iglesia del precepto y de la compasión,
jurídica y carismática, corporal y espiritual,
maestra y discípula, jerárquica y popular.

Amo a la Iglesia de la interioridad,
la pudorosa Iglesia de la indecibilidad;
amo a la Iglesia sincera y tartamuda,
a la Iglesia enseñante y escuchante
a la Iglesia audaz, creadora y valiente
y a la Santa Iglesia convaleciente.

Amo a la Iglesia perseguida y clandestina
que no vende su alma al dinero omnipotente.
Amo a la Iglesia tumultosa
y a la Iglesia del susurro de cantos milenarios.
Amo a la Iglesia testimonial
y a la Iglesia herida de sus luchas interiores y exteriores.
Amo a la Iglesia post-conciliar
que va de la mano, respetablemente,
de la Santa Iglesia tradicional.

Amo a la Iglesia de la serena ira,
a la Iglesia de Irlanda y de Polonia
de Guatemala y del Salvador,
a la Iglesia de los postergados
y a la Iglesia multitud de marginalizados.
No quiero una Iglesia de aburrimiento
quiero una Iglesia de ciudadanía,
de pobres en su casa, de pueblos en fiesta
de espacios y libertades.
Quiero ver a mis hermanos aprendiendo
y enseñando al mismo tiempo.

Iglesia de un solo Señor y Maestro,
Iglesia de la Palabra
e Iglesia de los Sacramentos.
Amo a la Iglesia de los Santos
y de los pecadores,
amo a esta Iglesia ancha y materna,
no implantada por decreto,
la Iglesia de los borrachos sin remedio,
de los divorciados creyentes,
de las prostitutas
que cierran su negocio el Triduo Santo.
Amo a la Iglesia de lo imposible,
la Iglesia de la Esperanza a los pies de la mujer,
la Santa Madre María;
amo a esta Iglesia de la amnistía,
la Santa Iglesia de todos los días.
Amo a la Iglesia de Jesucristo
construida en firme fundamento;
en ella quiero vivir
hasta el último momento.

Amén.


Esteban Gumucio, ss.cc.


lunes 26 de febrero de 2007

Ver verde

Las vacaciones sirven para dos cosas en general: primero, para descansar, y segundo, para pasear. Descansar y flojear y poder hacer sin culpa lo mismo que uno siempre hace pero con culpa. Pasear y concederle a la tierra una nueva oportunidad para sorprendernos y maravillarnos.

Raras veces hago mía esta definición de vacaciones, quizás porque a veces siento que cada tiempo extra que se presenta es una oportunidad para seguir construyendo y seguir trabajando y volver a tratar de “ser fecundo” en algo. Quizás he dejado esta ansiedad sin control, sin percatarme de los reiterativos llamados que la vida nos hace. “Quiero ver verde”, de repente escuché. “No sé, tengo ganas de ver verde, respirar ahí, mirar, tomar fotos, no se”, tan vago pero tan preciso como se lee.

“Quiero ver verde” lo dije y al parecer lo repetí luego muy fuerte, porque una mano me escuchó claramente y me remitió raudamente. Esa mano me indicó lo que otras Manos fabricaron y plantaron, esas manos me condujeron hacia las historias que hacen vivo estos valles.

Pese a que esta mano es una con experiencia en el tema, con muchas más historias que contar y secretos que guardar, había algo en ese lugar que hacía que disfrutase como si fuese la primera vez. Algo habita en el lugar, una presencia que nos inunda y que si volvemos nuestros ojos hacia nosotros nos deprimimos por lo poco que somos, pero que si somos capaces de mirar a nuestro alrededor, de descubrir lo que se nos está ofreciendo, comprendemos el inmenso regalo que se nos otorga gratuitamente.
Esa mano que también se acompañaba de otra para compartir los tesoros que se le han revelado en su vida. Manos tomadas que al ver lo lindo que se ven juntas optan por acompañarse y contemplar ese derroche de amor alrededor suyo. Escuela para amar y amarse así como el Sembrador nos amó.

De pronto me dí cuenta que tales manos también son verdes. Y lo digo porque se mimetizaron con el ambiente, ya no los diferenciaba de los otros árboles y plantas. Pese a que su palma es como una corteza y sus dedos como abundante follaje, los sentí tan unidos como siempre. Tan familiares como siempre los he sentido. Me dieron ganas de pintar mis manos y dejarlas verde también.

Qué pena que las dejé, mil kilómetros al sur. Pero volverán, para seguir tocando estos lugares a veces toscos y fomes con su color que nos da vida y esperanza a todos nosotros. Muchas gracias manos amigas.


sábado 17 de diciembre de 2005

Mucho más que un "cuento"

Hércules González González, obrero de la construcción, fue detenido por sospecha cuando circulaba ya tarde en pleno barrio alto de Santiago. Ese invierno lo penetraba todo. Los policías lo condujeron a la comisaría y de allí, al día siguiente, a un juzgado de menor cuantía. El juez, viendo que se trataba de un hombre bueno, que nada malo habría hecho, lo dejó ir sin problemas. Pero, antes de soltarlo, se encargó de precisar un asunto:

–“¿De dónde sacó usted que lo recogió el Padre Hurtado?”...

El pobre hombre infló el pecho de orgullo y contó su historia:

–“Nunca tuve papá ni mamá. Lo primero que recuerdo de mi vida son las fogatas bajo los puentes. El Padre Hurtado me sacó de allí y me llevó al hogar”.

–“Perdóneme, señor González, pero una cosa es que usted haya dormido una o muchas veces en el Hogar de Cristo y otra que haya conocido al Padre Hurtado en persona…”.

–“No, no. El ‘patroncito’ me sacó de allí, lo recuerdo muy bien. Yo era niño. Primera vez que dormí en una cama. El ‘patroncito’ me quería mucho. Al principio yo era lobo y me resistía. Pero al final, me ‘aguaché’. Las ‘tías’ dicen que yo mismo le pedía a los Carabineros que me trajeran en la ‘cuca’ al Hogar”.

–“Oiga, don Hércules, déjese de cosas: ¡hay que decir la verdad en la vida…!”.

–“¡Le digo la verdad! Todavía quedan ‘tias’ en el Hogar que se acuerdan de mí. Ellas le pueden contar cómo fue. Siendo muy pequeño, la ‘mami’ María –María González era su nombre–, ella me contaba todas las noches cómo el mismo Padre, con lluvia y todo, me traía en brazos. Al principio me traía a la fuerza, arrastrándome. Las señoras amigas suyas me arropaban y me daban de comer. Yo no pertenecía a nadie…”.

–“Eso es lo que sucede: es un cuento de la ‘mami’. Esta historia que usted repite no es verdadera. Cuando se es niño, uno cree cualquier cosa”.

–“Pero, ¿cómo va a ser un cuento? Si cuando voy a la tumba a darle gracias, mi padre insiste que él me recogió y que me quiere más que a nadie…”.

–“Mire su carnet, señor González. Aquí dice claramente que usted nació el ’56 y el Padre Hurtado murió el ’52. ¿Cómo lo pudo conocer? Imposible. Los papeles no mienten”.

–“Si yo no tuviera a quien agradecerle no estaría vivo, señor juez. Los ‘carneces’ los llena cualquiera”.

–“Es cierto que los errores son muy humanos. Pero las matemáticas no fallan. Dígame, señor González, cuántos años tiene usted”.

Hércules se apuró en responder correctamente:

–“¡39 años, señor!”.

–“¿No ve mi amigo? Cuente usted mismo. Estamos en el ’95. Quítele 39 y da 1956. Cómo lo voy a engañar, señor González, el Padre Hurtado murió en 1952. Usted no pudo conocerlo”.

Antes de abandonar el juzgado, el pobre hombre se doblegó ante la evidencia de las fechas. El juez le recomendó no creer nunca más en cuentos. Bajó Hércules las escalinatas del local con una confusión brutal.

Vagó por días, triste hasta las lágrimas. Frecuentó los puentes para domeñar el vértigo y acabar de una buena vez con el concho de ilusión que a estas alturas nada más dilataba su tragedia. Pero cuando estuvo a punto de encomendar su sino al demonio, unos mocosos desnutridos exigieron de su bondad un último gesto.

Los chiquillos disputaban a palos y punzones un tarro de pegamento. Hércules sacó grandeza de su pena y descendió al Mapocho con autoridad:

–“¡Qué sucede aquí!”, gritó.

La pandilla se le alzó amenazante:

–“¡Y a vos quién te llamó, viejo curado!”.

Hércules bajó el tono y, casi con ternura, puso a prueba uno de sus sueños:

–“Soy el secretario del Padre Hurtado. Tengo un amigo en la Vega. Les cambio el pegamento por un plato caliente de guatitas con arroz”.

Los niños comieron como nunca. No sabían qué era un secretario, pero habían oído del Padre Hurtado y estaban admirados que él mismo les hubiera mandado al señor González.

Hércules González González nunca más dudó de su origen ni de su vocación.


Un cuento de Jorge Costadoat, S.J. en su libro "El cuarto milenio"